Por: Reynaldo Rodríguez Cuéllar
Resulta inaudito que mientras mayor es el esfuerzo, la productividad y la vocación de trabajo, persistan las agresiones contra la región que más aporta al Producto Interno Bruto de Bolivia. ¿Qué culpa tiene Santa Cruz de haber consolidado una cultura basada en emprendimiento, el sacrificio y la generación de riqueza, distante de la dependencia permanente del Estado y, particularmente, de desaprensivos sectores dirigenciales que han convertido la presión y el conflicto en un mecanismo político de supervivencia?
La peligrosa y cobarde escalada de movimientos subversivos ya no trepida en ejecutar medidas de tácito terrorismo social, incluyendo saqueos contra quienes no acatan sus delictivas órdenes. Se asfixia a la sede de gobierno mediante prácticas que ni siquiera en escenarios bélicos resultan admisibles, restringiendo el abastecimiento de medicamentos, alimentos y combustible, además de vulnerar derechos constitucionales fundamentales como el trabajo y la libre circulación.
No existe causa política capaz de justificar el castigo colectivo contra millones de ciudadanos cuyo único “delito” consiste en no someterse a inconfesables intereses de poder.
Más preocupante aún resulta el cálculo político de determinadas autoridades llamadas por ley a defenestrar estos nefastos acontecimientos. Bolivia continúa atrapada entre sectores radicalizados que, mediante declaraciones públicas y acciones coordinadas, arremeten contra la democracia y amenazan abiertamente la estabilidad institucional, estructurando escenarios de confrontación cuyo trasfondo termina aproximándose peligrosamente a intentos de desestabilización y ruptura del orden constitucional.
El país no puede continuar tolerando que grupos de presión pretendan reemplazar la ley mediante el bloqueo, la intimidación y la violencia. La democracia no solamente se defiende en las urnas; también se protege garantizando el trabajo, la producción, el abastecimiento y el respeto irrestricto a la Constitución Política del Estado.
Porque mientras unos apuestan por el caos, otros continúan apostando por el progreso.
DE LA ENVIDIA AL PROGRESO