El mundo inicia la Semana Santa con el Domingo de Ramos, momento en el que el Hijo del Hombre ingresa como un rey a Jerusalén, aclamado por una multitud que, días después, cambiaría la alabanza por infame condena.
Ese pasaje no debe leerse desde la confusión, con objetiva claridad: no fue un error divino, significó una tácita decisión humana.
Es ahí donde emerge la reflexión profunda.
La historia no expone una falla en lo sagrado, sino una constante en el comportamiento del hombre: en su dificultad para reconocer la verdad, incluso cuando la tiene frente a sí.
Sin embargo, esta fecha no solo nos confronta… también nos invita a agradecer:
La oportunidad de comprender.
La posibilidad de elegir mejor.
Agradecer que, a pesar de los errores históricos del ser humano, siempre existe una nueva ocasión para actuar con mayor conciencia, con mayor responsabilidad, con mayor verdad.
Porque si algo permanece inalterable, es que las decisiones siguen definiendo destinos.
Hoy no se grita “¡Crucifícalo!”, pero se continúa eligiendo. Y en esas decisiones se construye —o se deteriora— el presente de ciudades como Santa Cruz de la Sierra, llamadas a ser símbolo de desarrollo, pero en contradictoria consecuencia de la indiferencia y total falta de gratitud del político que recibió la confianza ciudadana.
No es casualidad. Es resultado.
Por eso, esta Semana Santa no solo debe ser recordada… debe ser asumida.
Con humildad para reconocer errores.
Con firmeza para corregirlos.
Y con gratitud, porque aún estamos a tiempo de construir nuestro destino.
Domingo de Ramos: responsabilidad y gratitud