Por: Reynaldo Rodríguez Cuéllar
La muerte de la joven—consecuencia directa de una cadena de omisiones— no debe archivarse en la estadística ni diluirse en recomendaciones genéricas. Cada omisión institucional también mata.
En Bolivia, y con particular crudeza en Santa Cruz de la Sierra, el desorden en la circulación de motocicletas ha dejado de ser una infracción cotidiana para convertirse en un problema estructural de seguridad pública. No es casualidad: es el resultado de la ausencia de Estado.
Las motocicletas, por su propia naturaleza, exigen mayor disciplina operativa que otros vehículos. Sin embargo, lo que predomina es exactamente lo contrario: circulación sin casco o con protección inadecuada, sobrecarga de pasajeros — autentica temeridad circense— licencias inexistentes o irregulares, desprecio por la señalización y una peligrosa normalización del riesgo.
El rol de la Policía Boliviana no puede reducirse a la reacción o al pronunciamiento posterior. Mucho menos a la presencia simbólica. La autoridad no se ejerce después del impacto, debe antelarse con control, implementando responsabilidad operativa:
– Controles preventivos permanentes, diurnos y nocturnos.
– Retención inmediata de motocicletas en infracciones graves.
– Verificación técnica y documental en vía pública.
– Intervención focalizada en zonas críticas (anillos y radiales).
– Sanciones visibles que generen efecto disuasivo real.
– Educación vial obligatoria como requisito de circulación.
– Regulación del tránsito de motocicletas en carriles de alta velocidad.
La ciudadanía no requiere exhortaciones. Necesita orden, control y autoridad ejercida con responsabilidad.
La prevención no es una carga transferible al ciudadano. Es una función indelegable del Estado. Cuando el Estado no regula con firmeza, termina administrando tragedias.
El reiterado mensaje policial de “mayor precaución” no solo es insuficiente: es una peligrosa simplificación. Reduce un problema estructural a una responsabilidad individual, invisibilizando la falla de control.
Porque cuando la autoridad llega después del hecho, ya no es prevención: es evidencia del fracaso.
LA AUSENCIA DE ESTADO TAMBIÉN MATA