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El narcotráfico moderno opera como una red global.
La reciente captura de uno de los capos más buscados de nuestro continente, Sebastián Marset, en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra representa una radiografía inquietante sobre la dimensión que ha adquirido el crimen organizado en Sudamérica y sobre los desafíos institucionales que enfrenta Bolivia frente a este fenómeno transnacional.
Durante los últimos años, el nombre de Marset se convirtió en sinónimo de una estructura criminal sofisticada —de connotación casi intocable— capaz de articular rutas de tráfico de cocaína entre Sudamérica y Europa, movilizar grandes volúmenes de recursos financieros y operar con una capacidad logística que supera ampliamente los esquemas tradicionales del narcotráfico regional.
Su presencia en territorio boliviano no fue casual.
Santa Cruz se ha consolidado como uno de los nodos económicos más dinámicos del país, pero también como un espacio donde confluyen redes comerciales, flujos financieros y una intensa movilidad internacional. Ese dinamismo —que constituye una fortaleza estructural para Bolivia— también puede transformarse en un punto vulnerable cuando organizaciones criminales buscan camuflarse dentro de economías en expansión.
La operación que culminó con su captura fue ejecutada mediante un megaoperativo iniciado aproximadamente a las 02:00 de la madrugada en la zona de Las Palmas, en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
El despliegue policial incluyó la participación coordinada de las sgtes unidades y entidades:
Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico
Unidad Táctica de Operaciones Policiales
Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen
Ministerio Público de Bolivia
contingentes especializados trasladados desde La Paz
El operativo concluyó cerca de las 07:30 de la mañana, cuando se confirmó la captura dentro de una residencia del sector. Análogamente fueron detenidas varias personas que integraban su estructura de seguridad, entre ellas ciudadanos extranjeros.
La operación contó con cooperación internacional, particularmente de la Drug Enforcement Administration, lo que confirma una realidad cada vez más evidente: la persecución del narcotráfico en el siglo XXI ya no puede concebirse como un esfuerzo estrictamente nacional, sino como una estrategia coordinada entre agencias de distintos países.
El narcotráfico moderno opera como una red global.
Pretender enfrentar un fenómeno de tal magnitud con estructuras estatales fragmentadas sería, sencillamente, ilusorio.
Sin embargo, el caso Marset también abre interrogantes que Bolivia no puede ignorar.
Su fuga en operativos de anteriores gestiones, las persistentes sospechas de filtraciones institucionales y la capacidad que tuvo para establecerse durante años en territorio nacional cuestiona: ¿Hasta qué punto las organizaciones criminales sostenían comunión con estructuras del Estado y hasta camuflarse dentro del propio tejido económico?
Las democracias modernas enfrentan hoy un riesgo cada vez más complejo. El crimen organizado ya no actúa únicamente desde la clandestinidad; busca infiltrarse en las economías, influir en estructuras institucionales, políticas y aprovechar las debilidades de los sistemas.
En ese sentido, la captura del capo constituye sin duda un logro operativo relevante. Pero sería un error interpretarla como el final del problema. En realidad, debería ser entendida como el punto de partida de una reflexión mucho más profunda sobre la capacidad del Estado para anticipar, detectar y desarticular redes criminales de alcance internacional.
Bolivia necesita fortalecer sus sistemas de inteligencia, profesionalizar aún más sus unidades especializadas y garantizar que las instituciones encargadas de combatir el narcotráfico operen con independencia, rigor técnico y absoluta transparencia.
Porque cuando el crimen organizado adquiere dimensión transnacional, la respuesta del Estado no puede limitarse a la reacción policial. Debe convertirse en una política de Estado sostenida, respaldada por instituciones sólidas y por una ciudadanía consciente de la magnitud del desafío.
La captura de Sebastián Marset envía un mensaje claro: ningún narcotraficante es intocable.
Pero también nos recuerda algo aún más importante.
En la lucha contra el crimen organizado, la verdadera victoria no se mide únicamente por las capturas que se realizan, sino por la fortaleza institucional que un país es capaz de construir para impedir que estas estructuras vuelvan a prosperar.
Y ese desafío, hoy más que nunca, interpela directamente al futuro de Bolivia.
Marset, narcotráfico y poder: lo que revela su captura en Santa Cruz